
Una enseñanza más.
Era sábado, un sábado como todos los demás, con mucho calor, el cielo despejado y yo viendo los habítales partidos de fútbol, llegándose las doce del mediodía como todos los fines de semana a esa hora me disponía a llevar a mi hermano menor de diecinueve años a la universidad, luego de disfrutar de una excelente comida preparada por mi madre “la mejor cocinera del mundo”, nos dirigimos hasta el carro, al salir y sentir esa temperatura exterior era casi inevitable hacer un comentario negativo acerca de lo caliente que estaba todo afuera, situación a la cual no termino de adaptarme. Camino a nuestro destino todo estaba aparentemente normal, típico sábado de mediodía, la señora que alquilaba teléfonos pestañeaba periódicamente debido al escaso uso de sus móviles para ese desolado momento del día, la solitaria cancha al vernos pasar nos hacia una invitación sublime hasta su incomparable interior y nos prometía una tarde llena de mucha emoción y goles, yo la miré y con un gesto amigable le dije que me esperara al siguiente día y le prometí hacerle compañía durante toda la tarde, continuamos nuestro camino lleno de huecos que parecían obstáculos los cuales no permitían distraerse en otra cosa que no fuese en ellos, de lo contrario tanto el carro como el bolsillo iban a pagar con las consecuencias de tal distracción. Había calor, mucho calor y en el interior del caluroso automóvil esta temperatura aumentaba mucho más, mi cuerpo empezaba a expulsar ese liquido salado de forma abundante al punto de que mi ropa y mi frente hacían visible, muy visible lo calido del clima. Al llegar al semáforo ubicado en la avenida Caracas, este acababa de cambiar a su autoritaria luz roja. No se porque tome esa vía, estábamos algo apurados y esta decisión demoraría aun más nuestra llegada, tenia el presentimiento de que algo iba a pasar, no se porque, la resiente luz roja puesta en el semáforo confirmaba este presentimiento, daba la impresión de que eso que me obligó a tomar esta arteria vial y la inoportuna luz roja del señor semáforo eran los cómplices de lo que estaba apunto de ocurrir, por un momento tuve un dialogo interno, muchas preguntas sin respuestas pasaron por mi mente al punto tal de que llegue a pensar que algo malo podría suceder, para colmo estábamos justo de primeros en aquella escasa cola sabatina de vehículos que se formó en ese momento, quedamos ubicados como en la primera fila de un escenario, como en la zona preferencial de un concierto o como en la primera mesasilla de la universidad lo que termino de confirmar aun más mis sospechas de que definitivamente algo tenia que ocurrir en aquel caluroso y desolado mediodía, recuerdo que decía dentro de mi “tantos elementos juntos no pueden ser una simple casualidad de la vida” y créanme que si no hubiese pasado nada esa misma tarde, mi amigo el presentimiento y yo íbamos a tener un pequeño problema. Luego de llegar al semáforo casi instantáneamente hicieron acto de presencia tres jóvenes con indumentarias poco usuales por estos lados, los detalle a cada uno casi en su totalidad y, ¿como no he de hacerlo?, si estaba en la primera fila, recuerdo haber dicho “la nariz de ese flaco no es de estos lados” “la mirada del más alto no es de un apureño” y “los ojos y la sonrisa de esa linda joven, no se parecen en lo absoluto a las de las chicas de mi pueblo”, me impactaron las expresiones de alegría y entusiasmos que mostraban cada uno de aquellos rostros, a ellos el calcinante sol y la elevada temperatura parecía no surtir efecto en aquellos muchachos, aunados a esos rostros tan alegres se les sumaba un acto de malabares. Él que se ubicaba en el medio, tenia en sus manos tres objetos plásticos muy similares a una botella de vino los cuales arrojaba hacia arriba simultáneamente, focalicé mi atención en él y al cabo de unos segundos de haber iniciado su función uno de estos objetos cayó al piso, este muchacho luego de este pequeño incidente aún mantenía su sonrisa y con una expresión muy alegre pidió una disculpa y continuó, su sonrisa y entusiasmo nunca disminuyeron, él continuo con su actividad, luego mire al que estaba del lado derecho. este al igual que el otro mostraba esa expresión de alegría que nunca cesó, el segundo manipulaba tres esperas aproximadamente del tamaño de una pelota de tenis, este perdió las pelotas en cuatro ocasiones y en cada una de ellas él con su rostro pedía disculpas con un gesto de satisfacción que jamás en mi vida mis ojos habían visto, y como no disculparlo, era completamente imposible no olvidar ese pequeño incidente y continuar disfrutando de lo que hacían, por ultimo observé a la única chica en escena, mientras la miré no cometió errores pero la expresión de su rostro era casi una copia al carbón de los anteriormente descritos, la única diferencia era el inigualable toque femenino que solos se puede admirar en una mujer.
Analicé a estas tres personas y no vi en ellos ni una sola muestra de interés monetario, aunque ese era el objeto, su conducta a mi me decía otra cosa. A menudo conseguimos personas similares a estas por las calles, algunos se molestan por la forma en que ellos tratan de extraer dinero de nuestros bolsillos pero estos tres jóvenes eran distintos, de verdad distintos. Al finalizar lo que hacían, busque dinero para darles y ocurrió algo que me desagrado mucho, había olvidado traer plata, que mal me sentí en ese instante, se que no estaba obligado a darle nada, sin embargo así me sentí, el joven se acerco al carro de al lado primero y estos lo ignoraron por completo, el joven les mostró una sonrisa muy agradable, les deseo un buen día y les dio las gracias, ese gesto de gratitud como si nada hubiese pasado me tocó y me comprometió aun más, no quería decirle que no tenia dinero, de verdad no quería eso, mientras el joven se acercaba sin abandonar esa sonrisa en ningún instante, de forma muy prudente y con un respeto y unos modales que son muy difíciles de conseguir en estos tiempos, extendió su mano hacia mi, su cara era un canto a la prudencia, a la sencillez, yo, por un momento lo miré a los ojos, baje mi mirada con una vergüenza mayúscula y muy apenado por no corresponder a su petición, lo volví a mirar y le dije que me disculpara, que no tenia que darle, él aumento más su sonrisa, estrecho mi mano y me dio las gracias luego continuó haciendo lo mismo con los demás vehículos.
Luego de esto, recuerdo que por espacio de unos segundos no dije absolutamente nada, poco después le exprese a mi hermano que de verdad quería darle algo a estos chicos, de verdad quería hacerlo y no por lo que hicieron con sus implementos, lo quería hacer por esas expresiones y gestos tan emotivos en cada uno de ellos, dejando de lado las inclementes condiciones climáticas que habían para ese momento.
Mi amigo el presentimiento tenía razón, algo iba a ocurrir en ese día lleno de extrañas casualidades, estos tres jóvenes me enseñaron dos cosas: aprendí de ellos que a pesar de las adversidades o de las situaciones incomodas o contrarias a lo que realmente queremos, siempre hay que sonreír aunque confieso que yo no soy de los que generalmente sonríe. Se que es algo difícil pero si logramos hacerlo, nos ayudará y mucho. La otra enseñanza fue, que a pesar de que ellos muy discretamente se acercaban a cada vehiculo y con mucha prudencia extendían su mano y esperaban que se les diera algo, yo pienso que su principal intención era agradar, no se porque sentí que estas personas no tenían ese interés al cual estamos acostumbrados a ver, lo comprobé cuando el joven se me acerco y al ver que no le di nada con una sonrisa me dio las gracias y se marcho. Eso para mi fue una lección que jamás olvidaré y trataré en lo posible de ponerla en practica. Si pueden hacer lo mismo los beneficiados seremos todos y al final todos ganamos. Siempre es mejor dar sin esperar nada a cambio.


